UN INICIO Y UN FINAL

El presidente electo de la Argentina es Javier Milei. Resulta increíble tipear esa oración, pero sin embargo es la estricta verdad. No sólo ha sido elegido presidente, sino que lo fue con una victoria inapelable en el ballotage: 55% de los votos para él, frente a los 44% de Sergio Massa.

Estos días que siguieron a la victoria de Milei están siendo consumidos por versiones, trascendidos, anuncios de futuros ministros que aparecen y caen en el transcurso de horas. Esta incertidumbre es leída por muchos como debilidad del futuro presidente, quien (se supone, nos dicen) estaría negociando con qué partes del estado nacional le pagaría al expresidente Mauricio Macri su apoyo decisivo en la segunda ronda. Todo este ruido es leído por muchos como debilidad del futuro presidente; sin embargo, a su manera también es una fortaleza. Milei es muchas cosas pero, sobre todo, es el emergente perfecto de las transformaciones de la esfera pública/política en la era de los algoritmos y la atención dispersa. Años antes de que se le ocurriera incursionar en política los canales de televisión se volvieron adictos a ponerlo en pantalla porque su presencia, sus gritos, sus insultos, calentaba la pantalla. La campaña de Milei y ahora su conducta durante las semanas de la transición son maná caído del cielo para periodistas, portales de noticias y community managers: noticias, noticias, noticias todo el día. No sólo Milei: el variopinto elenco de asesores, diputados electos, cosplayers y youtubers que lo acompaña son una máquina de generar contenido que es consumido ávidamente por la totalidad del periodismo. ¿Irá fulano a la ANSES? ¿Dijo zutano que renunciaba a un cargo que, en verdad, nunca le fue ofrecido? ¿Cerrarán el Banco Central o no? ¿Privatizará YPF? El paraíso de la generación de contenido constante. ¿La gobernabilidad? Ya lo veremos.

Tampoco uno puede enojarse con este orden de cosas, porque es cierto que a partir del 10 de diciembre Milei será efectivamente el presidente de todos los argentinos y tendrá una cuota inmensa de poder sobre las vidas de todos nosotros.

En un acto de sinceridad confesaré que no me siento en condiciones de hacer grandes análisis sobre las causas de su victoria o las perspectivas de su gobierno. No es que este hecho en sí me resulte sorprendente. Al contrario, mi marco teórico, construido a lo largo de casi 20 años de estudio comparado de los populismos, me indicaba que una vez que se arman estas marejadas que empujan a un candidato outsider, es casi imposible pararlas antes de una elección. El “se arman” está puesto a propósito, porque estos procesos tienen mucho de impersonal, y sorprenden aún a sus protagonistas, que muchas veces no es que las diseñen maquiavélicamente, sino que son arrastrados y llevados por ellos. Los votantes participan en esta ola, se suman a ella, tal vez sin una idea clara de cómo será el nuevo gobierno pero disfrutando de la sensación de cambiar la historia: muchas veces, los candidatos son personas que tienen un discurso que conecta con la insatisfacción ciudadana y están en el lugar adecuado en el momento justo. El resto, ya lo veremos.

Sin embargo, confieso que aún así este proceso puso en crisis varias de mis creencias fundamentales sobre la política argentina. Algunos análisis que leí en estos días dan la sensación de que la victoria de Mieli reforzó las concepciones a priori de sus autores: kirchneristas que explican la derrota por la ausencia de Cristina, o peronistas antikirchneristas que explican la derrota por la decisión de Massa de no romper con el kirchnerismo abiertamente, antiperonistas que ven en esto (otra vez) la muerte segura del peronismo. Envidio un poco la sensación de que la realidad refuerce tus priors, como dicen ahora. En mi caso, es al revés: siento que no comprendo acabadamente los cambios estructurales que tuvo la sociedad argentina en los últimos ocho años, que varias de mis certezas sobre el consenso democrático logrado en cuatro décadas están erradas, y que no tengo las herramientas necesarias para mapear como vendrá la cosas en el futuro inmediato.

Por ejemplo, tengo para mí que la idea de que un futuro gobierno de Milei será “débil” o “no podrá hacer lo que planifica” es una fantasía consolatoria. Mi instinto me dice que en el Congreso contará con los votos de Juntos por el Cambio, que lo apoyará gran parte del llamado Círculo Rojo, y que los gobernadores nunca frenan la agenda de un presidente en ejercicio, a lo sumo negocian. Pero tampoco puedo asegurar que sea así, realmente. Inversamente, frente a los que pregonan la desaparición del peronismo, me sale decir que un partido que logró ganar en primera vuelta y obtener un 44% de los votos en un año totalmente adverso para los oficialismos, mantener el gobierno de la PBA y quedar a dos senadores del quórum propio con una gestión económica de 140% de inflación anual mostró que tiene un piso de votantes realmente fieles. Pero tampoco lo puedo asegurar: después de todo, también perdió un número récord de gobernadores y fue derrotado por paliza en territorios anteriormente propios como la Patagonia.

Por todo esto, he decidido discontinuar el newsletter, al menos por un tiempo. No se trata de escribir para llenar espacio, sino de decir cosas que tengan sentido. No estoy segura de poder hacerlo, por lo menos por ahora. Tal vez venga un momento de hablar menos y de escuchar más, de intentar no explicar sino comprender. Además, se suma a toda la incertidumbre una sensación de enorme cansancio luego de un año de campaña feroz, sumado a tres años anteriores de crisis económica y pandemia. Es momento de parar un poco, de tratar de respirar y de cuidarse frente al fárrago cotidiano.

María Esperanza Casullo | Cenital

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