martes, marzo 10, 2026
Ingreso Policía Provincia de Buenos Aires
HomeEconomíaMILEI BAILA SOLO: GUERRA, INTERNAS Y ECONOMÍA

MILEI BAILA SOLO: GUERRA, INTERNAS Y ECONOMÍA

El movimiento de la última semana arrojó una novedad en el diseño de poder de La Libertad Avanza. Por primera vez, Santiago Caputo perdió terreno de manera inapelable dentro del ecosistema de poder oficial. La salida de Sebastián Amerio –vejación pública incluida al enterarse en el medio de una audiencia, con el único fin que Caputo no lo evitara– y la llegada de Juan Bautista Mahiques fueron un avance contundente de Karina Milei y un alerta en la convivencia libertaria.

Cierto es también que no es la primera vez que le asignan derrotas a Caputo que luego no se convalidan en el tiempo. Ocurrió luego de la elección de octubre cuando, al no cumplirse todas sus demandas, el asesor en jefe decidió no aceptar ningún nombramiento. Una semana más tarde ocupó el viceministerio de Salud con alguien de su extrema confianza y días después corrió a Sergio Neiffert de la SIDE por una presunta rebeldía y lo reemplazó por un alfil suyo.

Para entender el movimiento y la forma hay que mirar la psicología de Javier Milei. La movida tiene dos posibles aspectos. Uno es que el presidente haya decidido de una vez y para siempre tomar partido por Karina y que sean estas las últimas horas de Caputo en el gobierno. La otra, es que haya visto esto como una situación que reparaba una sensación de desprotección de su hermana por las causas en trámite. La hermanísima –término acuñado por Pablo Ibáñez y popularizado ad infinitum– llevaba meses reclamando que se sentía desguarnecida en términos judiciales. Una hipótesis posible es que Milei haya querido resolver eso y no lograra tomar dimensión de la señal que dio al sistema.

Sin embargo, el aspecto tal vez más interesante de la llegada de Mahiques es que vuelca el diseño del gabinete y del discurso político del mileísmo. Como bien advirtió uno de los arquitectos del discurso de Mauricio Macri, el escritor Hernán Iglesias Illa, en su cuenta de X, seis de los nueve ministros del gabinete nacional son ex dirigentes o funcionarios del PRO. Milei podría, en sus últimos dos años de gobierno –o de su primer mandato: vox populi, vox dei– tener no solo la misma economía sino también el mismo discurso que Macri en la misma situación: recesión, demanda de reactivación, preocupación por el empleo neteado con una buena dosis de antikirchnerismo.

Se presenta una situación inversa al debate interno en el oficialismo durante el proceso electoral. Mientras Caputo quería acordar con los gobernadores, Karina proponía una “fuerza propia” en cada uno de los distritos. Hoy, la foto es distinta. Karina incorpora al gabinete a Mahiques por recomendación de alguien que apostó a la hermanísima desde hace años y hoy cosecha esa siembra: Santiago Viola. Hay que entender algo en el sistema de poder libertario: muchos de los aspectos se definen por una cuestión tan elemental, pero tan difícil de lograr como el acceso. Viola tiene línea directa con Karina. Además de los Menem, no muchos dirigentes en el oficialismo pueden decir lo mismo. Mahiques probablemente apueste a construirlo y ronda la hipótesis de un deseo de ser procurador. ¿Pensará lo mismo Karina o el propio Milei que se enteró del palmarés de Mahiques luego de su nombramiento? La misma pregunta se debe hacer Patricia Bullrich. ¿Apostará por ella Karina por ser, hoy, la mejor candidata, o se inclinará por Manuel Adorni o Pilar Ramírez para la jefatura de Gobierno?

Mahiques, por lo pronto, tiene herramientas para construir su propio camino: las 203 vacantes en todo el país. Parte de la caramelera que tiene a disposición el nuevo ministro está constituida de concursos que él inició cuando era secretario de Justicia del macrismo. De buena relación con casi todos los sectores, Mahiques podría ser un puente con el peronismo a través de Eduardo “Wado” de Pedro. Algo que hasta ahora tenía “reservado” Caputo en sus conversaciones con los Juanes cercanos a Cristina Fernández de Kirchner. “La Corte está trabajando de manera más eficiente que cuando tenía cinco miembros”, dijo el ministro de Justicia. ¿Un anticipo? Aparentemente, la ampliación del máximo tribunal deberá esperar. A Mahiques sí se le presenta un desafío: como se dijo, parte de la disconformidad de Karina con Amerio tenía que ver con el avance –o la falta de él– en las causas de ANDIS y $LIBRA. ¿Podrá mostrar resultados el nuevo ministro? “Confiá: Juani le pone un supositorio a una liebre”, resumió ante #OffTheRecord alguien que lo quiere bien.

La oposición toma nota del rediseño del discurso libertario y en algunos sectores se vuelve a hablar de la necesidad de ampliar. Probablemente ahí radique uno de los principales problemas del peronismo: la expansión más allá de lo existente no se ve como un activo sino simplemente como algo instrumental que, eventualmente, pase a segundo plano en caso de llegar al poder. Esa dinámica no sería objetable en una estructura donde está claro que las decisiones se toman en un solo lugar, algo que no ocurrió durante la gestión del Frente de Todos y es difícil pensar que ocurra si la próxima administración tiene predominancia justicialista.

En esa búsqueda está Axel Kicillof. El gobernador de la provincia de Buenos Aires es el principal dirigente que surge de todos los sondeos y, naturalmente, el peronista con más volumen y responsabilidad actualmente. Al recelo explícito de La Cámpora –el último de estos ejemplos fue el señalamiento de Mayra Mendoza– se le suma el armado de peronistas no K dentro de los cuales se destaca el entrerriano Guillermo Michel, de estrecho vínculo con Miguel Ángel Pichetto.

Pichetto, que estuvo reunido con Cristina Kirchner en lo que él mismo definió como su vuelta al peronismo, estará esta semana en San Nicolás visitando Siderar, Merlo y otras localidades bonaerenses. Está armando, también, un acto en la Ciudad de Buenos Aires junto a Emilio Monzó. Hubo dos momentos que mostraron diferencias administradas entre el kirchnerismo y este bloque naciente. Uno fue el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur en el que la votación se dividió. Otro, el proyecto de desendeudamiento de las familias que llevó la firma, entre otros, de Pichetto, Michel y también de Natalia de la Sota y Nicolás Massot. No sería llamativo que Massot forme parte del armado protoperonista del año que viene.

En estos movimientos algunos se ocupan de arriesgar nombres, siempre negados y rechazados –en algunos casos hasta con vehemencia– por los mencionados. Dentro de ese universo que pueda mostrar verdaderamente un cambio lesionado por la experiencia del FdT aparecen Jorge Brito o Daniel Herrero. De los dos, el único que admite en privado que participaría de un armado peronista de centroderecha es el dueño del Banco Macro, aunque niega rotundamente cualquier posibilidad de una candidatura.

En este sentido, a falta de discusiones programáticas, el vacío lo ocupan las especulaciones de cara al 2027. El posible desdoblamiento en las elecciones bonaerenses del año que viene permiten anticipar un tipo de elección similar a la de septiembre de 2025. Es por eso que, ante la imposibilidad de predecir cómo decantará la relación entre Kicillof y el kirchnerismo, algunos empiezan a barajar nombres que podrían oficiar de síntesis entre ambas estructuras y, además, contentar a quienes serán un factor clave en caso de darse el escenario antes mencionado: los intendentes.

Es por eso que, además del perenne Sergio Massa, asoma el nombre de Federico Otermín. El intendente de Lomas de Zamora tiene varios activos evidentes. Logró un resultado electoral contundente a pocos días de la filtración del viaje de ocio de su antecesor Martín Insaurralde, mantiene una relación armónica con el gobernador, con Máximo Kirchner y el propio Massa, gestiona uno de los tres municipios más populosos de la provincia de Buenos Aires y, a sus 41 años, puede hablar más del futuro que del pasado.

Sin embargo –y como casi siempre– los aspectos más interesantes de este tiempo están fuera de la Argentina. El renovado conflicto en Medio Oriente muestra un panorama complejo para la política y la economía global. Del lado estadounidense, hay que atender a dos novedades de primer orden. El unilateralismo trumpista –que caracterizó de manera limitada su primer mandato– aparece desatado, tanto en materia arancelaria –aún con los límites que impuso la Corte Suprema– como en términos de uso de la violencia militar o la amenaza de ella para disciplinar a otros países. El fenómeno confluye con una fe en las posibilidades de cambio de régimen, propias de los tiempos de George W. Bush que el propio Trump había criticado consistentemente desde su primera candidatura.

La guerra en Irán es una elección que contiene un intento de reordenar el Medio Oriente en un esquema de primacía absoluta israelí, con un importante protagonismo de las monarquías árabes del Golfo Pérsico. Un objetivo dudoso en su factibilidad y complejo para la región, pero para el cual el debilitamiento de Irán hasta la irrelevancia es necesario. La idea de que es posible y legítimo forzar un cambio de orden a partir de la superioridad militar abrumadora y el ejercicio sin límites del poder es una ruptura con las lógicas procedimentales del pasado que, aún con sus hipocresías y dobles estándares, otorgaban un cierto horizonte de previsibilidad y limitación al poder. La operación de Venezuela –y ahora esta guerra– son una novedad de primer orden.

La respuesta iraní termina de dar forma a aquella novedad, con sus propias arbitrariedades. Los ataques a los países árabes del Golfo Pérsico –incluso de relaciones cercanas con Irán y lejanas de Israel, como Qatar– demuestran que no participar de un conflicto no garantiza en modo alguno poder mantenerse al margen.

En un mundo marcado por el retorno de la competencia estratégica –con relaciones entre potencias cada vez más tensas y varias guerras activas–, son pésimas noticias para la Argentina, cuyas vulnerabilidades económicas, financieras y comerciales se encuentran bien repartidas entre las dos principales potencias. El encuentro en Doral del llamado “Escudo de las Américas” volvió a mostrar un gobierno alineado linealmente con la administración Trump. Algo que –tal como deja claro el acuerdo comercial anunciado hace unas semanas y hoy en el limbo– podría significar presiones para que Argentina siga medidas comerciales que podrían fácilmente apuntarse a China.

El encuentro también demostró que Milei no está sólo en el alineamiento planteado. Si contamos a Kast, que asumirá el miércoles la presidencia de Chile, cinco de los diez mandatarios que integran la región sudamericana dijeron presente. Habría que sumar también al régimen venezolano, que hoy encabeza con mucha comodidad Delcy Rodríguez, cuya autonomía respecto de los Estados Unidos desde el secuestro de Nicolás Maduro es sumamente limitada. Decididamente afuera quedan apenas Colombia, Brasil, y Uruguay, ya que Perú se encuentra, de momento, descabezado. Colombia, igual que México, vive junto a la sombra de alguna forma de intervención directa con la excusa del narcotráfico. En Brasil generó alarma la intención que trascendió, por parte del gobierno estadounidense, de designar organizaciones terroristas al Comando Vermelho y el Primer Comando de la Capital. El encuentro de Doral, que tuvo un eje central en el “narcoterrorismo” es una señal de alarma sobre cuál será la reacción regional ante un acto de violación de la soberanía de algún país que, hoy, es más norma que excepción.

A nivel económico, la guerra en Irán llegó el lunes a un pico de disrupción de mercados con el petróleo rondando los 100 dólares, un valor de pánico por el cierre del estrecho de Ormuz. Una guerra que se prolongue demasiado en el tiempo podría generar daños duraderos en los mercados energéticos. No está claro –y no parece lo más probable– que los Estados Unidos vayan a tolerar un conflicto extendido, que tendría correlato en los surtidores justo en las vísperas de la elección de medio término –que Trump afronta en una situación de impopularidad personal y de su gestión cercanos a mínimos históricos.

No es secundario recordar que dos conflictos en Medio Oriente –la Guerra de Yom Kippur y la propia Revolución Islámica en Irán– generaron terremotos económicos que terminaron con la hegemonía de los modelos de los estados de bienestar en occidente. Para toda la economía global, energía cara significa un elemento de presión recesiva que se expresó en las caídas de las bolsas. La sospecha de que los Estados Unidos no van a tolerar un conflicto largo apareció clara con las últimas declaraciones de Trump –que anunció que la guerra “está básicamente ganada”– y redujo el plazo de su fin, derrumbando los precios del petróleo. Paradójicamente, mientras los Estados Unidos son hoy superavitarios en energía –algo que genera ventajas de precios particularmente en gas natural– Europa y China deberán afrontar la situación con sus depósitos y reservas.

En Argentina, el impacto debería medirse al calor de la coyuntura. El país seguramente vea algún beneficio en su hoja de balance exportadora por aumentos de los precios de la energía –hoy es exportador neto– y también de los commodities alimenticios donde es un usuario de fertilizantes menos intensivo que sus competidores por lo que deberá absorber menores aumentos de costos que determinarán una suba de precios globales. Esos dólares, siempre bienvenidos ante las necesidades nacionales repetidas, podrían acentuar la lógica que caracterizó los primeros dos meses del año, cuando el gobierno compró reservas a costa de una economía que por un lado no da señales de vida en materia de consumo y que, por otro, lleva varios meses estancada alrededor del 3% de inflación mensual.

El posible aumento de los precios de combustibles y alimentos sería un elemento de inestabilidad adicional para un cóctel económico que hoy aparece enfrentado al menos a una parte de las expectativas sociales que le dieron volumen a la contundente victoria electoral oficialista de octubre. La influencia de la situación internacional, para un país cuya canasta exportadora no se parece a la de Brunei o Venezuela, es muchísimo más compleja de lo que se desprende de un mero cálculo de importaciones y exportaciones. En la cabeza del gobierno, 2026 es un año de normalización y consolidación económica, y reformas estructurales. No de acumular capital político, sino de gastarlo. La reforma laboral, los aumentos tarifarios y una suavización de los niveles de apreciación cambiaria fueron señales en ese sentido.

Tener que quemar capital político –ya sea ante el pueblo argentino o ante el Fondo Monetario Internacional– en capear un viento de cola externo sobre los precios es una mala noticia para un gobierno cuyos niveles de aprobación se encuentran cerca de los pisos –altos– de la gestión Milei de acuerdo a todas las encuestas. Como si fuera poco, una prolongación de las presiones sobre los costos podrían generar dinámicas de espiralización, obligando a subir tasas de interés y/o ajustar por empleo, que ya sufre las consecuencias del cóctel de apertura y dólar apreciado que –junto a factores internos– determinó el cierre de Fate, un destino que compartieron miles de empresas menos emblemáticas (el empleo industrial perdió 100 mil puestos de trabajo en los últimos dos años). En la cabeza del oficialismo, 2027 será un año de recuperación, con las correcciones ya realizadas, en el que la recuperación económica, de imagen y el calendario electoral deberían coincidir. Falta para saber si todo marcha de acuerdo al plan.

Si del lado del oficialismo los problemas son evidentes, incluso enmascarados tras los éxitos parlamentarios durante las extraordinarias –reforma laboral, baja de la edad de imputabilidad, acuerdo Mercosur-UE– la oposición aparece como un factor ordenador para el oficialismo en términos de proyecto económico. En la vereda de enfrente siguen sin aparecer siquiera atisbos de una alternativa. Parece haber acuerdo en una mayor defensa de la industria y la protección nacional. ¿Qué significa eso? ¿El regreso de un modelo con cepo y licencias de importación y una vuelta a los números fuertemente negativos en materia fiscal, con la ilusión de recomponer ingresos en medio de una jarra loca de conflictos con el gobierno de los Estados Unidos y el FMI? ¿Un esquema de protección menos rústico, basado en un tipo de cambio más competitivo pero que deberá absorber salarios más bajos y mayores presiones inflacionarias? Es, realmente, una incógnita.

Iván Schargrodsky | Cenital

Notas similares
- Advertisment -
Google search engine

Más vistas