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EDITORIAL | LA CAMPAÑA CONTRA TAPIA Y LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO

Por Juan Pablo Capriotti

En los últimos días, la figura de Claudio “Chiqui” Tapia volvió a quedar en el centro de una polémica artificial: su reconocimiento a Rosario Central en un acto protocolar fue presentado por algunos sectores mediáticos como una muestra de parcialidad o cercanía indebida. Pero detrás de esa “narrativa” repentina no hay un debate genuino sobre institucionalidad. Hay, más bien, una ofensiva política. Y, como suele ocurrir en el fútbol argentino, lo que parece una discusión menor, oculta intereses de fondo.

Una historia que incomoda a ciertos sectores

Parte del ensañamiento contra Tapia no puede entenderse sin observar su recorrido personal. Nacido en San Juan, criado en una familia trabajadora, llegó a Buenos Aires de adolescente. Fue futbolista en el ascenso, jugó como delantero en Barracas Central y otros equipos del interior, y cuando terminó su carrera temprana, trabajó como barrendero en la Ciudad. Desde abajo, sin padrinos ni estructuras de poder, fue construyendo su camino.

Ya como dirigente tomó las riendas de Barracas Central, un club que había quedado relegado durante décadas. Bajo su conducción, la institución creció en infraestructura, volvió a pelear campeonatos y recuperó un rol activo en la vida social de su barrio. Ese ascenso como dirigente de un club barrial, orgánico y construido paso a paso, es también una de las razones por las que sectores más elitistas del fútbol argentino todavía lo miran con desconfianza.

La verdadera disputa: los clubes o las sociedades anónimas deportivas

La campaña contra Tapia se explica con una clave simple: su rol como principal obstáculo a la avanzada para transformar a los clubes en sociedades anónimas deportivas (SAD). Tapia, tanto desde AFA como antes desde su trayectoria en el ascenso, defendió siempre el modelo asociativo, ese que convirtió al fútbol argentino en lo que es: una estructura social que pertenece a sus socios, no un negocio más para fondos de inversión ni empresarios que buscan activos para comprar y vender.

La resistencia de Tapia a las SAD no es solo administrativa; es cultural y política. Defiende algo que en la Argentina tiene un valor histórico: el club como tejido social, como identidad barrial, como espacio de pertenencia. Esa postura, compartida por la enorme mayoría de las instituciones deportivas del país, incomoda a quienes imaginan un fútbol convertido en mercancía.

La polémica por Rosario Central opera en ese marco. Es apenas una excusa para instalar que Tapia “no puede seguir” o que “está debilitado”, cuando en realidad lo que se intenta es erosionar a la conducción que sostiene a los clubes como entidades de sus socios.

El componente elitista que nadie quiere admitir

La campaña contra Tapia tiene, además, un componente de clase pocas veces explicitado. Para parte del establishment dirigencial, todavía resulta incómodo que el sillón más importante del fútbol argentino lo ocupe alguien que no viene del poder económico ni de las grandes corporaciones deportivas. Que haya sido futbolista del ascenso, trabajador municipal y dirigente de un club de barrio es, para algunos, casi un “pecado de origen”.

Por eso las críticas muchas veces no apuntan a sus decisiones, sino a su identidad. A que un hombre surgido desde abajo haya alcanzado el lugar que alcanzó… y que encima lo haya hecho con resultados.

Los logros bajo la conducción de Tapia: gestión, títulos y estabilidad

El Ojo De San Martín

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