La última epidemia en Argentina, en 2023-2024, generó más de 580 mil contagios y 419 muertes. Los brotes en el país se dieron cada períodos de tres o cuatro años. Especialistas instan a tomar medidas preventivas antes que aumenten los casos. El rol de la vacuna y la incidencia de las lluvias en la proliferación de mosquitos.
Los casos de dengue en el mundo aumentan. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el año 2000 se reportaron medio millón de diagnósticos, mientras que en 2024 fueron 14,6 millones. El cambio climático, la urbanización acelerada, la creciente movilidad de las personas y la expansión del área de distribución de su principal vector -el mosquito Aedes aegypti– aparecen entre los principales factores que explican ese aumento.
Por eso, en el marco del Día Internacional del Dengue –cada 26 de agosto- especialistas remarcan la necesidad de reforzar las políticas de prevención para evitar otro brote en Argentina. El foco, apuntan, debe ponerse sobre todo en el norte del país. El avance del fenómeno del El Niño, el aumento de lluvias y la posibilidad de inundaciones obligan a reforzar medidas y considerar la vacunación para anticiparse.
La epidemia registrada en Argentina durante la temporada 2023-2024 marcó un punto de inflexión para el sistema sanitario. Hubo más de 580.000 casos confirmados y 419 fallecimientos. El brote dejó en claro además que la distribución geográfica del virus continúa modificándose y que las condiciones que favorecen la transmisión están presentes durante períodos cada vez más prolongados.
En la Argentina, históricamente se dieron brotes aproximadamente cada tres o cuatro años. Esta periodicidad no constituye una regla invariable, pero representa un antecedente que las autoridades sanitarias consideran al momento de planificar acciones preventivas. La última gran epidemia nacional hace tres años vuelve particularmente relevante la preparación anticipada de la próxima temporada de mayor circulación viral.
Los especialistas coinciden en que esa preparación no debería limitarse únicamente a la respuesta asistencial cuando los casos comienzan a aumentar. Al contrario, resaltan que es necesario fortalecer las acciones durante los meses previos a la temporada de mayor actividad del mosquito, cuando todavía existe margen para implementar medidas destinadas a disminuir el impacto epidemiológico posterior.
La gestión del ministro de Salud, Mario Lugones, apunta a que las jurisdicciones se ocupen del tema de forma local, siempre apelando al rol de «rectoría» de la cartera nacional.
El foco en el Norte
Más allá de la expansión del vector y la enfermedad, las regiones del Noreste Argentino (NEA) y el Noroeste Argentino (NOA) siguen concentrando condiciones que elevan el riesgo de transmisión: clima favorable para el vector, proximidad con países endémicos, intensa movilidad poblacional y cambios socioeconómicos que modifican la dinámica de exposición, generando nuevos centros urbanos y más circulación.
Además, epidemiólogos prestan cada vez más atención a la incidencia de fenómenos meteorológicos de gran escala. Las proyecciones asociadas a El Niño anticipan una mayor probabilidad de precipitaciones intensas e inundaciones, algo que puede generar condiciones favorables para la proliferación del mosquito vector.
“Cuando analizamos el riesgo en regiones como el NEA y el NOA no debemos pensar únicamente en la presencia del mosquito. Hoy existen territorios donde coincide una mayor circulación de personas entre zonas con transmisión de dengue, la expansión de actividades productivas, la ocurrencia de eventos climáticos extremos y mayores dificultades para acceder rápidamente al sistema de salud. Esa combinación hace que la planificación preventiva cobre una importancia todavía mayor«, dijo el médico Tomás Orduna, infectólogo tropicalista, Consultor de Medicina Tropical y Medicina del Viajero del Hospital Muñiz.
“El fenómeno de El Niño también puede influir en las condiciones de sequía y tener implicancias indirectas en el aumento de enfermedades transmitidas por vectores, especialmente el dengue. Ante la escasez de agua, las personas suelen almacenarla en recipientes que, si no están correctamente tapados o tratados, pueden convertirse en criaderos del mosquito Aedes aegypti”, añadió el especialista.
“En algunas zonas del norte argentino se está configurando un escenario donde confluyen circulación viral, mayor movilidad de trabajadores y poblaciones, el desarrollo de nuevos proyectos productivos y condiciones climáticas que pueden favorecer la transmisión. Cuando una persona desarrolla un cuadro grave en una comunidad alejada, en una operación minera o en una localidad de difícil acceso, el problema no termina con el diagnóstico, también importa cómo y cuánto tiempo llevará llegar a un centro de salud y recibir la atención necesaria. En este contexto, la prevención adquiere un valor especialmente importante, sobre todo en aquellas regiones donde las distancias, la geografía o las limitaciones de infraestructura pueden dificultar una respuesta”, dijo por si parte la infectóloga Susana Lloveras, Jefa de la Sección Zoopatología Médica del Hospital Muñiz.
Herramientas complementarias
En materia de prevención, la eliminación de criaderos domiciliarios, la limpieza periódica de recipientes capaces de acumular agua, el mantenimiento adecuado de tanques y reservorios, el uso de repelentes, la colocación de mosquiteros, la consulta médica temprana ante síntomas compatibles y el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia epidemiológica continúan siendo claves.
Pero además del control vectorial, durante los últimos años comenzó a consolidarse un enfoque basado en la complementariedad de herramientas, sumando a las medidas preventivas la vacunación.
Varios países de la región comenzaron a incorporar programas de vacunación dentro de estrategias integrales de prevención destinadas a poblaciones específicas.
En la Argentina se encuentra disponible la vacuna tetravalente contra el dengue aprobada por la ANMAT para personas a partir de los cuatro años de edad, cuyo esquema de inmunización consiste en 2 dosis separadas por 90 días.
Los resultados publicados muestran que después de 4,5 años, dos dosis de la vacuna proporcionaron una eficacia del 61,2% en la prevención del dengue confirmado virológicamente y una reducción de las hospitalizaciones asociadas al dengue del 84.1%. La recomendación de inoculación debe analizarse según las características de cada persona y el contexto epidemiológico en el que vive.
“La decisión de priorizar determinadas regiones también debe contemplar las particularidades territoriales. Allí donde convergen una mayor carga de enfermedad, circulación persistente del virus, movilidad poblacional y barreras de acceso a los servicios de salud, las estrategias preventivas adquieren un impacto potencialmente mayor porque ayudan a reducir no sólo el número de casos, sino también el riesgo de que cuadros graves enfrenten demoras en la atención”, planteó Analía Urueña, médica infectóloga, Vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE) y Directora del Centro de Estudios para la Prevención y Control de Enfermedades Transmisibles de la Universidad Isalud.
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