lunes, agosto 10, 2026
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LA VENTA DE TIERRAS QUE FRACASÓ TENÍA NOMBRES Y APELLIDOS Y FINES MUY POCO CLAROS

No podemos ser ingenuos. Milei no quería vender sin límites las tierras a empresarios que iban a desarrollar las riquezas para dar trabajo y fundar cadenas de valor para la inclusión de los pobres. Quería dársela a mega tecno magnates que buscan extraer recursos naturales y girar sus ganancias a sus países de origen, sin dar trabajo, capacitar ni incluir. Muchos de ellos son partícipes de la estrategia de la nueva derecha “depredadora” que describe Giuliano Da Empoli: controlar el mundo a través de la tecnología, sin democracia, le análisis masivo de datos personales, la manipulación y la intromisión en las emociones y vida privada de la gente. No era solamente una discusión sobre si un extranjero puede o no comprar tierras en la Argentina. Era —y sigue siendo— una discusión mucho más profunda: ¿quién va a controlar los recursos estratégicos del país en la era de la Inteligencia Artificial y quién va a controlar el país? Detrás de la nueva revolución tecnológica aparecen algunos de los hombres más poderosos de Silicon Valley: Peter Thiel, Marc Andreessen, Sam Altman, Hamid Ansari, Mustafa Suleyman, Jensen Huang, Sundar Pichai, Sam Altman, Dario Amodei y Daniela Amodei, entre otros. Muchos de ellos sostienen una visión profundamente crítica de la democracia liberal y reivindican, de distintas maneras, sociedades donde el poder de las grandes plataformas tecnológicas tenga cada vez más peso. Su negocio no es solamente fabricar software. Necesitan tierra, energía, agua, frío, infraestructura y minerales críticos para construir los gigantescos data centers que alimentarán la próxima generación de Inteligencia Artificial. Y la Argentina (Patagonia y cordillera) tiene mucho de lo que necesitan:

Viento.

Silicio y otros recursos estratégicos.

Patagonia.

Cordillera. Por eso es ingenuo reducir el debate a la discusión abstracta de si está bien o mal que un extranjero invierta. Por supuesto que la Argentina necesita inversión extranjera. Pero una cosa es invertir, producir, generar empleo y pagar impuestos. Y otra es comprar recursos estratégicos, extraerlos, utilizar enormes cantidades de agua y energía, generar poco empleo y construir enclaves económicos y tecnológicos con reglas propias. Ahí aparece el verdadero problema. EL PODER DE LOS ALGORITMOS Los grandes dueños de la tecnología controlan hoy una parte creciente de la infraestructura sobre la cual circula la información mundial. Datos. Algoritmos. Redes sociales. Inteligencia Artificial. Publicidad segmentada. La experiencia de Cambridge Analytica (2016) en el Brexit y en la elección de Trump y el papel de Breitbart mostró hasta qué punto la utilización masiva de datos y la segmentación política pueden convertirse en herramientas de influencia electoral. Milei ganó con las mismas artimañas: minería de datos, control de las redes, mensajes segmentados: manipulación de jóvenes con mensajes fáciles que apuntan a las emociones más primitivas: bronca, miedo, odio. Santiago Caputo, aprendiz de Steve Bannon y de Barry Bennett, aportó esa logística: “El Mago”. La tecnología puede detectar nuestros intereses, nuestros miedos, nuestras emociones y nuestros comportamientos y odios. Y después puede aprender a hablarnos exactamente en el idioma que necesitamos escuchar. Ya no se trata solamente de convencer al ciudadano. Se trata de conocerlo, segmentarlo y anticipar su comportamiento. Por eso algunos de los grandes empresarios tecnológicos sostienen una visión que entra en tensión con la democracia tradicional: consideran que el Estado y las mayorías pueden ser obstáculos frente a la velocidad y el poder de las nuevas corporaciones. Incluso existen sectores de esa nueva élite tecnológica que mantienen posiciones abiertamente enfrentadas con instituciones religiosas y con cualquier concepción que coloque límites morales al poder tecnológico. Son enemigos de la Iglesia. ¿UN ESTADO DENTRO DEL ESTADO? La discusión sobre el RIGI, la Ley de Sociedades, la llamada Ley de Inocencia Fiscal y el régimen de tierras debería analizarse también desde esta perspectiva. ¿Queremos atraer capital? Sí. ¿Queremos empresas tecnológicas, inversiones y data centers? Sí. ¿Queremos convertir a la Argentina en una potencia energética, minera y tecnológica? También. Pero la pregunta es otra: ¿En qué condiciones? Porque si el Estado resigna capacidad de regulación, entrega recursos estratégicos y garantiza beneficios extraordinarios mientras las empresas importan capital, extraen recursos y exportan las ganancias, el resultado puede ser un enorme negocio para unos pocos y muy poco desarrollo para la sociedad argentina. Si, un país distópico y manipulado. El objetivo no puede ser construir enclaves tecnológicos desconectados del país. Tiene que ser exactamente al revés: que la tecnología se instale en la Argentina para desarrollar a la Argentina. Y HAY OTRA PREGUNTA ¿Por qué Patagonia? ¿Por qué la Cordillera? ¿Por qué los recursos estratégicos? ¿Por qué ahora? No es descabellado pensar que algunos integrantes de estas nuevas élites tecnológicas también contemplan escenarios de conflicto internacional, crisis energética y posibles guerras futuras. Mientras ellos construyen bunkers, acumulan activos y buscan lugares estratégicos para proteger sus fortunas y sus operaciones, las sociedades discuten quién controla el poder. ¿Por qué tienen tanta información sobre una eventual hecatombe mundial y quieren refugiarse en la Patagonia? Y hay algo que no podemos permitir: que quienes se presentan como paladines de la libertad terminen construyendo sociedades controladas por algoritmos, datos y monopolios privados. La Argentina debe abrirse al mundo. Pero abrir las persianas no significa entregar la casa. Invertir, sí. Producir, sí. Innovar, sí. Exportar, sí. Pero la tecnología, como dice León XIV en Magnifica Humanidad, debe ser volcada al desarrollo del hombre. Eso mereció que Peter Thiel insinuara que el Papa es el Anticristo. El mismo empresario encabezó el proyecto Próspera en Honduras, un experimento que ahora quisiera replicar en la Argentina: el Estado de la tecnología dentro del Estado. Generó perdidas y juicios millonarios. El socio de Milei en economía, Demian Reidel, dijo en Silicon Valley que “Argentina tiene todo lo que ustedes necesitan, pero lo malo es que tiene argentinos”. Más vendepatria imposible. Entregar el control de nuestros recursos estratégicos y permitir enclaves económicos sin soberanía efectiva, no. La verdadera discusión recién empieza. ¿Quién va a controlar la Inteligencia Artificial? Y, sobre todo: ¿Quién va a controlar los recursos que necesita la Inteligencia Artificial para funcionar? Porque quizás la próxima batalla por el poder mundial no se libre solamente por los datos. Se libre por la tierra, el agua, la energía y los minerales que permiten convertir esos datos en poder. Y poder ilimitado.

@marianoobarrio

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