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LA ECONOMÍA SEGÚN EL PAPA

En pocos días, del 8 al 11 de noviembre, llegará a la Argentina el papa León XIV, en la primera visita papal en casi cuatro décadas. Va a estar en la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Luján, y el mismo domingo 8 se encuentra con Javier Milei.

Como acá hablamos de economía, me pareció un buen momento para meterme con algo de lo que poco se habla: qué piensa la Iglesia sobre el mercado, la pobreza y el rol del Estado. Spoiler alert: es bastante distinto de cómo lo ve el Gobierno.

La economía que mata

En octubre de 2025, en su primera exhortación apostólica, Dilexi te (“Te he amado”), y tomando prestada una frase que había hecho célebre Francisco, el papa León XIV denunció “la dictadura de una economía que mata”. Rechazó la idea de que haya que esperar a que la mano invisible del mercado lo resuelva todo y afirmó que la dignidad de cada persona debe respetarse “ahora, no mañana”.

Una interpretación posible es que el papa está en contra de la “teoría del derrame” — que, para ser honesto, nunca fue una teoría económica, entendida como algo que los nerds escriben en papers, sino un eslogan adoptado por algunos dirigentes — . Por si quedaba alguna duda, cuestionó los “datos pseudocientíficos” con los que se sostiene que el libre mercado alcanza por sí solo para terminar con la pobreza. Para cerrar, se despachó contra la desigualdad, afirmando que no es un destino inexorable que debamos aceptar a cambio del progreso económico.

La Doctrina Social de la Iglesia

Las ideas del papa no flotan en el éter, sino que son parte de un conjunto más amplio que podemos denominar la Doctrina Social de la Iglesia. Es un cuerpo de enseñanzas sobre cómo deberían organizarse la economía, la política y la vida social a la luz del Evangelio, al cual suscribe el actual pontífice. No es un modelo económico cerrado ni el programa de un partido político: es un conjunto de principios morales para juzgar las estructuras sociales y orientar la acción práctica.

La Iglesia la define como parte de la teología moral, no de la economía técnica. De hecho, si nos remontamos unos 250 años, la “economía política” (así se llamaba nuestra disciplina) de personajes como Adam Smith también era entendida como una parte de la filosofía moral. La economía era simplemente un conjunto de reglas que constituían una suerte de “manual para el buen gobernante”.

La partida de nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia suele fijarse en 1891, con la encíclica Rerum novarum de León XIII (de ahí, justamente, que el papa actual haya elegido llamarse León XIV). Ese texto respondía a la “cuestión obrera” de la Revolución Industrial, cuando los desafíos de la humanidad eran las condiciones de trabajo brutales, los salarios de miseria y la reacción de la clase trabajadora. León XIII rechazó tanto el socialismo (por negar la propiedad privada) como el capitalismo sin frenos (por explotar al trabajador), y buscó una suerte de tercera vía.

En el centro hay un puñado de principios articuladores que se mantienen. El primero y fundante es la dignidad de la persona humana: cada individuo tiene un valor inviolable por ser creado a imagen de Dios, y la economía está al servicio de la persona, nunca al revés. De ahí se desprende el concepto de “bien común”, la idea de que existe un conjunto de condiciones sociales que permiten a todos desarrollarse, y que no se puede reducir a la suma de intereses individuales.

Los otros dos pilares clásicos son la solidaridad y la subsidiariedad. La solidaridad es el compromiso con el bien de todos, especialmente de los más débiles. La subsidiariedad sostiene que las decisiones deben tomarse en el nivel más cercano posible a las personas: el Estado no debe absorber lo que pueden hacer las familias, los municipios o las asociaciones, pero sí debe intervenir cuando esas instancias menores no alcanzan.

A esto se suman otros dos principios que difícilmente entren en el ideario libertario: el destino universal de los bienes, según el cual la propiedad privada es legítima pero tiene una “hipoteca social”, y la opción preferencial por los pobres.

En síntesis, la Doctrina condena el colectivismo y la planificación estatal total por aplastar la libertad y la iniciativa. Pero también critica el capitalismo cuando se vuelve un fin en sí mismo, cuando el mercado se erige en criterio único o cuando genera exclusión. En definitiva, la idea es “sí al mercado, pero no al mercado como religión”.

El papa, la IA y las fuerzas del mercado 2.0

Hay un capítulo que vale la pena abrir aparte, porque es lo más propio de este papa y porque toca un debate que nos va a atravesar a todos. León XIV no es un papa del siglo pasado reciclado. Si León XIII tuvo que lidiar con la Revolución Industrial, León XIV dice, con todas las letras, que su revolución industrial es la de la IA.

En mayo de 2026 publicó su primera encíclica, dedicada entera al tema: Magnifica humanitas. Su tesis es sencilla y va en contra del “tecno-optimismo”: la tecnología no es neutral. La IA, dice, puede ampliar la participación y la justicia, o puede profundizar las desigualdades, el control y la exclusión. Depende de quién la maneje y para qué. Por eso pide “desarmar” la IA, es decir, sacarla de las lógicas de dominio, exclusión y guerra, al tiempo que reclama transparencia, rendición de cuentas y límites claros.

Traducido: que la IA no quede en manos de un puñado de empresarios megarricos que la usan para concentrar poder. Un razonamiento similar vale para el cambio climático y el futuro del trabajo en general. Sobre el ambiente, la Iglesia (desde el Laudato si’ de Francisco) viene diciendo que la crisis ecológica y la social son la misma cosa, y que el “paradigma tecnocrático” (la fe en que el crecimiento y la tecnología resuelven todo solos) es parte del problema, no de la solución.

Sobre el trabajo, la preocupación es que la automatización destruya empleo y precarice lo que queda; por eso León XIV insiste en proteger la dignidad del trabajo y en fomentar el diálogo social. Acá aparece un cruce fascinante: el ingreso universal. En su momento, Francisco se mostró abierto a la idea de un salario universal frente a la exclusión. Pero atención, porque también lo proponen Elon Musk y compañía… pero lo hacen por el motivo opuesto: para ellos es la compensación para que la gente sobreviva sin trabajar en un mundo donde las máquinas hacen todo. Para la Iglesia, el trabajo da sentido y dignidad, y ningún cheque — ¡ni siquiera en blanco! — reemplaza eso.

¿Por casa cómo andamos?

Todo esto plantea una paradoja para el encuentro con Javier Milei. Por un lado, tenemos a un presidente que califica la justicia social de “robo” y ve al mercado libre como el único asignador ético y eficiente; por el otro, a un papa cuya doctrina ubica al bien común y a la responsabilidad estatal en el centro.

El contraste sobre cómo enfrentar los cambios y los desafíos que nos plantea el siglo XXI no podría ser más significativo: un papa que pide regular las nuevas tecnologías para que sirvan a las personas y no las conviertan en siervas, frente a un oficialismo que no para de desregular y que propone crear una figura jurídica para empresas manejadas 100% por la IA.

De postre, algunos de los números que más le importan al papa no acompañan a Milei. Cuando León XIV dice que el desarrollo no puede reducirse al ámbito económico, en la Argentina de 2026 nos suena. El gobierno celebra el crecimiento del producto –medido de la forma que más le conviene– como prueba de que el modelo funciona, aunque en el segundo trimestre el PIB cayó 0,6% respecto del primero. Mientras tanto, vemos algunas tensiones, de la mano de la destrucción de empleo formal, la morosidad y el estancamiento de sectores importantes para la economía argentina.

Como vengo contando en estas columnas, la inversión cayó 11% interanual en el segundo trimestre. La industria usa apenas el 58,5% de su capacidad instalada: más de cuatro de cada diez máquinas paradas. La pobreza, que bajó mucho desde el pico de 2024, volvió a subir: 32,3% en el primer semestre de 2026, cuatro puntos más que en el semestre anterior.

Es exactamente el punto del papa: el PIB puede crecer, mientras a las personas no les llega nada. Medir el éxito solo por ese número es, justamente, lo que León viene a cuestionar. Peor aún si la economía directamente no crece o crecen solo algunos pocos sectores. Sin embargo, en la diplomacia del Vaticano –y en la política argentina– las ideas conviven con la realpolitik.

Emiliano Libman | Cenital

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